Olvido se abre paso

No quiero que se me olvide nunca tu olor.
Ni que me falte tu risa desordenada.
Ni que se acabe el azul de tus ojos en mi recuerdo.

Quiero fotografiar casa instante, cada imagen, cada gesto.
Y me quedo en el quiero y no puedo.
Porque extrañamente, pesa más la emoción que me creas.
Y eso es lo que me queda grabado.

La sensación cálida de tu abrazo.
La emoción y el temblar de un beso.
El placer de verte disfrutar y compartir.
La capacidad de sacarme una sonrisa en todo momento.
El sonido de tu voz.
Eso sí que lo puedo evocar con facilidad y con una gran sonrisa.

Que no se nos olvide que nos revivimos por dentro.
Que de una casualidad surgieron mil momentos de los cuales alimentarse en esto del vivir.
Y que no hay que arrepentirse de nada, pues vivir del recuerdo de algo bueno es menos que quedarse con nada.

Ilustración de Vika

Se escucha borroso

Qué bonito sería una foto los dos besándonos.
Los ojos cerrados y las pestañas vibrando ante la emoción que despierta en mí el roce de tus labios.
Qué bonito sería que la foto saliese movida porque nos dio un arrebato y nos quisimos gastar la piel en ese parar el tiempo que nos permitió el día.
Qué bonito sería inmortalizar en una imagen el poder que tenemos a la hora de parar el tiempo.

Ilustración de Albert Asensio

Tu voz

Tienes una voz vibrante que haría temblar las mismísimas entrañas de la tierra.

Me sacudes cual río de lava quebrando la piedra.
Me agitas como el arroyo turbulento a los cántaros rodados.
Me zarandeas al igual que el viento a las hojas de los árboles.

Y con tu voz las hojas caen, las piedras entrechocan y la lava es fría comparada con tus besos en mi garganta.

Y si caemos en el arte del susurro, tu voz se vuelve almíbar que anega mi boca y sumerge mi vientre en un dulce arrullo de piedras quebrándose ante la fuerza de dos cuerpos temblando bajo el sonido de dos gargantas secas de esperar lo que nunca va a llegar:
tu susurro al alba y tu murmullo al crepúsculo.

Ilustración de Sabrina Morgado

Disfrutar

¿Sabes lo que sucede?

Que nos comportamos todas las veces como si fueran la última.

Ilustración de Ilaria Zallenato

Caperucita en Manhattan, Carmen Martín Gaite

Es completamente necesario empezar la reseña de Caperucita en Manhattan con la siguiente palabra: ¡Miranfú! Se trata de una palabra inventada por la joven protagonista de esta novela de ficción, la cual viene a decir «va a pasar algo diferente» o «me voy a llevar una sorpresa».

Nuestro personaje principal se llama Sara Allen y es tan lista e inteligente que, sin conocer Manhattan, logra plasmar todo un recorrido por este barrio con todo lujo de detalles.
En algún que otro momento llegué a pensar que la autora, Carmen Martín Gaite, valiéndose de un plano que otorga a Sara, escribe para siempre sus rincones favoritos de Manhattan para que nunca se le olviden sus calles y sus paseos en «el jamón» de Nueva York. Sería genial que cada ciudad que nos llegase al corazón nos lograra inspirar una historia que consiguiéramos articular de tal manera que nunca se nos olvidaran nuestras idas y venidas en ese lugar.

El principio del libro me pareció súper aburrido. Niña inteligente con ganas de comer el mundo encorsetada por una madre tradicional a la que le da miedo todo y su mundo gira entorno a las tareas del hogar. Más padre completamente desentendido de la casa que con ir a trabajar ya lo tiene todo hecho. Súmale a eso un matrimonio sumido en la rutina y en el hartazgo que no hace más que discutir.

Afortunadamente, la abuela, Gloria Star, da la pizca de chicha que necesita el libro para que no lo abandones a los tres capítulos de empezar.

El novio de la abuela, Aurelio, me quiso recordar a Pepe el Romano de la obra teatral La casa de Bernarda Alba. Cabe descartar que el parecido no me viene del personaje, sino de los sentimientos de la protagonista hacia él. Sara no conoce a Aurelio, de hecho, no aparece en la novela. Sin embargo, nuestra Caperucita le profesa una devoción y un querer dignos de cualquier amor platónico.

La tarta de fresa que va en el cesto de nuestra Sara-Caperucita es el objeto «mágico» que toda novela de ficción necesita para que funcione la trama. A pesar de ser un dulce tan goloso, a mí llega un momento en que se me atraganta y me acaba empachando. Creo que la obsesión de varios personajes por los dichosa tarta hace que la acción se vuelva lentísima e, incluso, aburrida.

Y este es el punto al que estaba deseando llegar y con el que no sabía si empezar o acabar esta pequeña reseña. Carmen Martín Gaite hace magia con sus líneas. Solamente por el capítulo en que Sara Allen y la «vagabunda» Miss Lunatic se toman un chocolate, este libro vale su peso en oro. ¡Qué conversación…! ¡Qué fuerza..! ¡Qué impresión el intercambio de palabras que mantienen…! Me quedé totalmente eclipsada con la conversación entre esta niña y está anciana. Y, perdonadme si me repito, pero solamente por este capítulo, ya merece la pena la lectura al completo.

Con este buen regusto sin tarta de fresa, os recomiendo la lectura de Caperucita en Manhattan y que sintáis la magia de la Libertad en Central Park.

Sobre cómo hacerse daño a uno mismo queriendo a la persona equivocada

Te quise de lejos.

En silencio.

Sin molestar.

Para que el daño fuera menor.

Ilustración de @cavegirllora

Almendra, Won-Pyung Sohn

Almendra me quiso recordar al tópico existente acerca de la violencia en las representaciones artísticas asiáticas literarias o cinematográficas. Exceso de violencia, de sangre y explicitud de hechos que se podían velar un poco.

Obviando el cliché de la violencia morbosa, a mí me rompió todos los esquemas.
Estuve todo el rato inmersa en la historia y no logro entender cómo una narración a través de un protagonista incapaz de decodificar sentimientos y emociones pudiera provocar tanto en mi interior.

La alexitimia condiciona la vida de la familia de Yunjae. La incapacidad de sentir de este adolescente hace que los demás se vuelquen a su alrededor y quieran mostrarle su mejor yo. Los esfuerzos por comprenderlo y por que él comprenda a los demás no solo proceden de sus familiares, habrá otras personas que se cruzarán en su camino y que lo marcarán. Lo curioso es que, si él sintiera miedo o rechazo, no se acercaría a más de uno de ellos. Pero como no es el caso, la historia se desarrolla de forma que uno, como lector, es capaz de llegar a comprender a una persona que padezca alexitimia. Porque, aunque no haya sentimientos ni emociones registrables, la historia de Almendra se basa por completo en la empatía.

Viento

En medio de aquel lugar donde solo se oía el viento,
nuestros besos se abrían paso entre dos labios y dos lenguas con hambre de más.
Los abrazos ahuecaban las ráfagas de aire en el rincón de tu cuello.
Y, a pesar de que el viento se llevaba tu olor, yo te olía.
Y además, te sentía.

Ilustración de Clarafosca

Pieles


Esconden historias de las que no sabrás ni su cuarta parte.
Un mapa de venas de textura de terciopelo envuelve un sin fin de caricias.

Tu mano en piel.
Tu mano en venas.
Tu mano en mí.

Acaricio cada camino escrito en tu cuerpo con mi mano temblorosa.
Tu piel y mi piel se llevan bien.
Pieles maduras y pieles de terciopelo.
Todas esconden sus historias.

Ilustración de @saltandrosemary

El club de los poetas muertos, Nancy Horowitz Kleinbaum

Reconozco que entré en bloqueo lector total con El club de los poetas muertos.

No me enganchó y no sé por qué. Es la primera vez que leo una adaptación de un guion cinematográfico y no quiero achacárselo a eso. Sin embargo, la historia es totalmente predecible, incluido el dramático final.
Los personajes son todos iguales, estudiantes elitistas cuyas familias esperan lo mejor de ellos sin tener en cuenta sus aspiraciones o deseos y todos tienen sus frustraciones. El bravucón, el enamorado, el chivato, el empollón… Quitando a Todd, a quien se le ve una evolución, todos los caracteres son planos. Además, el profesor Keating, quien aparenta ser el personaje más logrado en cuanto a exaltación de la autenticidad, de reivindicación del yo o de la máxima del carpe diem, deja bastante que desear en el capítulo en el que, sin venir a cuento, les proyecta a los alumnos fotografías altamente sexualizadas… Destila bastante machismo esta historia y este episodio no es aislado en cuanto a cosificación de la mujer.

He de decir que valoré mucho el punto en que se plantea la diferencia entre salirse de las normas, vivir el momento y ser uno mismo frente a faltar al respeto, hacer mal a los demás o tener actitudes de desprecio u ofensa. Uno puede mantener su esencia y seguir su camino sin necesidad de caer en lo reprochable.

Finalmente, me quedo con el personaje de Todd. Además del progreso que mencioné antes, la evolución de la timidez hacia la lealtad férrea y el sentido de la justicia le dan mucho valor a su actuación.

Para terminar, me decanto por la película. La recomiendo antes que el libro.