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Concierto de violín “L’âme éternelle du violon”

L’âme éternelle du violon – El alma eterna del violín

Este sábado me apeteció ir a dar una vuelta por París.

De la que me dirigía hacia el cementerio de Montparnasse me dio por girar la cabeza en una de las calles por las que transcurría mi camino y allí se erguía una modesta iglesia.

La iglesia en cuestión resultó ser L’église de Saint Jacques du Haut-Pas, así que sin haberlo planeado me encontraba en un punto clave del Camino de Santiago francés, y nada más y nada menos que en la adorada París.

Tímidamente me adentré en el templo y cuál fue mi sorpresa cuando me vi sumergida en un concierto para violín del duo familiar de Stéphane y Clémentine Rullière.

Los sonidos de las cuerdas frotadas por estos dos músicos llenaban el lugar de una magia especial.

Fue una pena no haberlo sabido de antes porque sonaba demasiado bien y yo llegué al final de la penúltima canción. Así que escuché bien poquito, pro a pesar de todo fue un bonito regalo para mis oídos y me aportó mucha paz.

Espero que la casualidad nos haga volver a coincidir en un futuro no muy lejano.

En mi Facebook Tablaturas de mis pasos podéis ver los dos vídeos que hice durante el concierto. Os invito a verlos.

 

 

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Chemin de Saint Jacques de Compostelle. Èglise et hopital de Saint Jacques du Haut-Pas
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Escultura de Santiago peregrino
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Exterior de Saint Jacques du Haut-Pas
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Los sillones decimonónicos

La noche apacible se expande ante nuestros ojos.

En forma de triángulo invertido, desde su centro y ascendiendo, van de más a menos las luces titilantes de las diferentes vidas que pueblan este valle. Cuanto más arriba llevamos nuestra mirada, más dispersas son esas luces. Sus halos de luz difuminan su color anaranjado artificial en el espesor de la noche.

A nuestra espalda, la figal deja entrever a través de sus hojas una pestaña en el cielo que brilla en tono amarillo parduzco. La luna, además de pestaña, también guarda parecido con una uña cortada, con un soñador ojo cerrado.

Recogen nuestros cuerpos cansados dos sillones decimonónicos. Se encuentran fuera de contexto situados en medio de una caleya, al frente de un gran valle por el cual transitan de un lado para otro diversos coches más el tren con su sonido asilbatado tan propio. Encima de sus respaldos se abre la inmensidad del nocturno cielo.

Esos sillones ya han visto de todo, sin embargo les quedaba por oír el silencio de un valle lleno de ruidos de motor, del silbido del tren y de ladridos de los perros que van ascendiendo por la montaña que custodia este valle tan lleno de vida hasta en el silencio de la noche.

Parece que los grillos no se atreven a frotar sus patitas, pero al fondo sí que se oyen en medio de la noche.

Bien silenciosos se dan un banquete la pareja más duradera de este escrito. Dos murciélagos recorren la caleya de los sillones decimonónicos. Voltean el aire con cabriolas cada vez más descabelladas. Los seres de a pie no podemos apreciar en la noche si es para cazar mejor o sólo por diversión… O por darnos envidia de lo que es volar.

Cierran la noche y estas líneas las alas más espléndidas del lugar. Una gran lechuza despliega su cuerpo y alza el vuelo en busca de sentir la libertad o, quizás, sale al encuentro de esa pestaña que hay detrás de nosotros en el cielo.

 

A mi mama.

La bestia sangra

¡Sangre! ¡Sangre! ¡Sangre!

Sangre en los ancianos.

Sangre en los jóvenes.

Sangre en la infancia.

Sangre que corre por las venas cual río carmesí.

Se desliza por la piel, por el pelo, por el alma…

Sangre musculada.

Sangre desvertebrada.

Sangre venal para unos pocos y gratuita para una mayoría creciente.

La vida se apaga, da unos últimos coletazos pero no importa. Todo indica que va a llegar a su fin, que el encierro de terror va a acabar con la vida tan preciada y tan costosa que a una hembra le ha costado gestar y parir.

Un cuello desligado de su cuerpo, de su vida; vida que termina como espectáculo macabro de una cultura de apología a la violencia.

A la sangre.

Abuelos, padres, hijos…

Sangre derramada en el ruedo, ocio soberbio que se cree legitimado a finar con una vida.